He pensado en que si muero quiero que haya el mayor registro posible de todo lo que hice.
Que puedan hablar con mi fantasma de todo lo que no alcance a ser.
La verdad es que nada importa tanto, todos nos vamos a morir y no tenemos otra responsabilidad que hacer lo que podamos. Vivir bajo sus propias normas y bla bla la
Me dí cuenta de que extrañaba escribir, y solo escribir sin más miramientos que quizá el de ser leído. En todo caso tengo un blog y supongo que esto está pensado para los que tengan algo que decir. No sé si tenga mucho por decir pero si por hablar.
Una suerte de diario. Que luego nadie diga que no se dió cuenta de nada, porque yo siempre lo dejo claro.
Escribo esto desde mi hora de almuerzo porque en la laboral me voy a tomar una pequeña siesta.
Rojinegro
Ayer se me acabó el contrato. Los últimos días he estado pensando mucho en la forma más rápida de hacer dinero. No quisiera que mi vida girara en torno al dinero, pero no dependen de mi querer esas cosas.
Quisiera usar lo que tengo a la mano para solucionar ese problema, mi talento no se corresponde con mi estima, me da vergüenza explotar lo que puedo hacer, no hay peor enemigo que uno mismo, porque nadie lo conoce a uno tanto. También es porque pasamos mucho tiempo con nosotros y nos saturamos de nosotros mismos. Se que por el lado del talento y del esfuerzo no lograré salir adelante, he de admitir que tengo el mal del hombre del siglo XXI: quiero todo de inmediato y con el menor esfuerzo.
Recurro entonces a lo que he aprendido en largos veinticuatro años de vida, lo único importante en la vida es tener una buena estrella y una suerte divina. Decido probar suerte en el casino.
Voy al casino y no a una casa de apuestas deportivas porque estas últimas no me generan confianza. No hay una narrativa alrededor de ellas, y el performance es la razón principal para llevar a cabo las cosas. ¿Se imagina usted leer "El Jugador" y tener a Alexei Ivanovich lamentándose porque Vinicius Jr no tiro al arco 3 veces en la primera mitad? Se trata de una cuestión de dignidad y de mística. Si he de perder dinero prefiero que sea respetando lo clásico y lo sagrado, y que sea culpa mía y no de un tercero. Aunque nunca sea culpa mía.
Muy cerca de mi casa hay tres casinos, dos de ellos son vecinos (es decir comparten pared y clientes), y el tercero queda en la dirección opuesta, a unos veinte minutos.
Voy a los que están pegados, el tercero es más grande y en un salón amplio la suerte tiene más personas entre las cuales dividirse.
Estos casinos quedan en el segundo piso de un centro comercial (que más bien pareciera un edificio abandonado). Están ubicados en una esquina, lejos de todo, excepto de un cajero Bancolombia. Son de este tipo de casinos que no tienen puerta, sino que tienen una especie de biombo que evita que uno pueda mirar dentro, pero que extiende una invitación siniestra a lujos y perversiones.
Nunca he sido un habitual en estos sitios, en toda mi vida habré ido dos o tres veces. La primera cuando era niño y por error, estaba en un crucero con mi familia y había un casino cerca a nuestra habitación, esa vez debido a las olas se cayó una máquina tragaperras y vomitó todas las monedas, cuando intenté recogerlas un señor me regañó, ni bien había dicho nada yo salí corriendo.
Este se ve como cualquier otro casino: todo en tapices rojos y negros, puro terciopelo, no hay una sola ventana, nadie se ve feliz. Si acaso aliviados. Ya no se permite fumar en espacios cerrados, pero el humo aún sobrevive en el ambiente, como si estuviera viendo una película vieja. Hay señores jubilados jugando a la ruleta y señoras jubiladas jugando a la tragaperras. Soy la persona más joven. Claro, debe ser porque es lunes. Yo solo he participado de dos juegos de todos los que tiene este casino: al blackjack y a la ruleta.
Prefiero la ruleta porque la decisión es más aleatoria (sí es que acaso es verdad que no están trucadas), y porque no creo estar jugando contra nadie, sino contra un artefacto que no me puede confrontar como persona, que no me habla, que no me juzga, que no se gratifica con mi perdida.
Este casino solo tiene ruleta electrónica, lo cual es un mal augurio. No importa, ya estoy adentro y uno siempre debe tentar a su suerte, de todos modos ya la llevo perdida. Lo cierto es que solo tengo 10.000 pesos en el bolsillo, y como mencioné antes, soy víctima del desespero y representante de la escuela del sobreanálisis y espero que eso sea suficiente para hacerme millonario con el mínimo esfuerzo.
La operación es sencilla, mitad al rojo (o al negro según el caso) y mitad a par. Mi lógica es la siguiente, si queda en el rojo (o en el negro según el caso) pero es impar, no habré perdido nada y estaré igual. Si queda en el negro (o en el rojo según el caso) y es par habré duplicado mi inversión. Usted dirá que mi plan tiene algunas mínimas fallas, lo que no sabe es que eso ya lo pensé mucho tiempo, le explico: Las probabilidades de que caiga lo contrario a lo que yo aposté es muy baja, alrededor de un 30% según los cálculos más conservadores, razón suficiente para no preocuparse. Nunca apuesto a números impares porque siento que, si fueran personas, no serían de fiar. Y el 0 y el doble 0 los despreciamos como se hace con el aire en un ejercicio de física, no merecen más atención.
Habiéndole explicado mi razonamiento lógico, ya entenderá el porqué de mi sosiego. En cálculos rápidos (y por supuesto con un mínimo margen de error) las probabilidades de que la jugada de la ruleta sea, por lo menos inofensiva para mí, son alrededor de un 64%, un número bastante alto cuando se habla de azar.
Llevo unos minutos en la mesa aplicando está estrategia. A veces baja mi capital, pero luego veo como se recupera, y en ciertos momentos toca echar mano de la cartera y hacerme un préstamo de otros 10.000 pesos. Lo cierto es que tengo un colchón de 377.000 mil pesos, que es un dinero que debo guardar todos los meses, pero que ahora no recuerdo la razón. Al menos tengo la certeza de que se trata de dinero que recuperaré. También le quiero decir que tenga la tranquilidad de que no la gastaré toda... En este casino.
Cada tanto pasa alguien ofreciendo vaso de gaseosa o de agua. Cuando juego solo tomo agua porque no me gusta sentirme empalagado, se limitan mis sentidos y no me dejan enfocarme en lo realmente importante, que no es otra cosa que el listado de las bolas calientes.
Al cabo de media hora mi saldo por fin es positivo, lo que significa que al menos recuperé el dinero que tenía al entrar. Bajo y subió, y luego volvió a bajar y finalmente a subir, como la función del seno. Debería retirarme ahora que he ganado algo, pero si uno tiene esa mentalidad de atún nunca llegará a tiburón. Y eso que no hemos sumado el valor de los dos vasos de agua que me tomé, y de los 10.000 pesos iniciales que estaban en mi bolsillo y no en mi billetera, razón suficiente para no contarlos dentro de mi patrimonio. Efectivamente, he logrado el milagro que la alquimia busco durante años, he multiplicado la plata a partir de posibilidades humildes y de palabras mágicas (por favor y gracias).
En la mesa hay otros tres señores, desconozco los valores que apuestan, y pretendo ignorar la estrategia que aplican, pues se trata de apostar pequeñas cantidades a muchos números en el tablero. Desprecio esa forma de jugar pues se trata de una aleatoriedad no admitida en un juego que depende enteramente de la destreza analítica del participante, demuestra su autodesprecio. Ellos solo están ahí pensando en pararse de la silla. Observo como se lamentan a veces, o como después de una jugada aparentemente exitosa deciden imprimir su ticket e irse con lo poco -o mucho- que tengan.
Fantaseo con que alguno de ellos se pare a mi lado y se ofrezca a comprarme mi suerte, pues aún no la he gastado toda. Nos sentaríamos juntos y él me daría dinero y me diría que apostase según me pareciera, yo haría una jugada mala, en la siguiente me recuperaría e incluso ganaría un poco, él suspiraría aliviado y luego me diría que jugará con más atención, al cabo de un rato habrían llegado dos o tres personas más y se habrían puesto detrás mío a ver cómo malgasto el dinero de otro ante su impasividad. Finalmente, pasados 10 minutos, le diría que lo siento mucho por no haberle podido ayudar, que mi suerte me la había gastado ese día que alguien se fue del bar dejando media botella de cerveza sin terminar, pero que igual le deseaba suerte al volver a casa y enfrentarse a su mujer y a la cantaleta, y que por la noche pudiera dormir – en el sofá – sin la angustia de que nada sale nunca como él quiere.
Hoy tampoco me compraron mi suerte.
Regreso a casa habiendo comprado dos vasos de agua por 10.000 pesos, pensando en que aún no tengo trabajo y que hasta hacerse millonario por el camino fácil cuesta trabajo. Se necesita disciplina y perseverancia para no aburrirse rodeado de seres tan miserables. No se necesita mucho para volverse uno de ellos.
Mañana iré al otro casino, a ver si con algo de suerte encuentro algún señor que esté dispuesto a comprarme mi suerte.
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Lo acabo de releer y es una mierda. Algún marcador debe existir para poder evaluar avances.
En todo caso, si es una mierda la verdad tampoco importa. Solo había una cosa por decir acá: no tengo trabajo.
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