Fumo cigarrillo barato y sin filtro, tomo whisky barato y sin etiqueta, llevo el pelo largo y uso gafas, tengo 3 mudas de ropa, mi habitación es un cuadrado lleno de papeles. ¿Qué mas necesito para poder poner en mi perfil de Instagram que soy escritor? Al menos que me dejen poner -y que nadie me riña- que soy el sucesor espiritual de Bukowski, que porque yo me la jugué toda y tire los dados y bla bla bla.
En medio de un paro nacional. Estudiando una carrera que desprecio, con un tremendo peso sobre las pupilas de tanto dormir y de tanto estar despierto. En medio de la represión (brutalidad, violencia homicida) policial, trabajando con gente que admiro, enamorándome y desenamorándome días pares, confundiendo, confundiéndome, por sobre todo por ser difuso. En medio de días de lluvia y noches de más hijueputa lluvia, al menos se ve mermada la dureza al calor de un Ska mal bailado. En medio, entre, separando o uniendo, siempre estorbando en las relaciones de los demás, siempre tendiendo puentes. Días disimiles, donde a veces es sí, a veces es no, donde siempre hay para algo más, pero no siempre hay algo más.
Sobre el escritorio se levantan torres de libros, sobre el suelo se van erigiendo montañas de papeles arrugados y amarillos. Cartas sin marcar, cartas sin enviar... Pretencioso llamarlas Cartas, no es lo mismo una servilleta que un panfleto, pero ambas sirven para quitarse la mierda de la boca. Dejémoslo entonces en cartas, que por supuesto no vieron ni verán la luz. Al lado derecho de mi escritorio están los libros que debo leer, todos retazos de promesas sin cumplir, empezarlo y dejarlo abruptamente, eso representan aquellos regalos que me hicieron, que yo también hice, y que no pude rechazar a tiempo.
He intentado aprender a tomar fotos, mi hermana me regaló una cámara que nunca usaba y ahora me doy cuenta del peligro que implica tener una en mis manos. No me preocupo por correr la suerte de Henrichsen y grabar mi propio asesinato, me preocupa que estoy perdiendo el norte y ahora soy yo quien quiere disparar a la cámara, cuando ella no ha sido más que una maravillosa fuente de inspiración. No le disparo, pero alzo mi revolver diariamente contra ella y lo vuelvo a enfundar cuando el gatillo se me antoja demasiado, es un contrarreloj, o muero primero, o me la llevó conmigo.
Como nunca fui un buen poeta, no hago parte de los poetas muertos, no soy un chico eléctrico, más bien un poeta puesto, de los que escribimos versos de amor el día de tu boda.
La revolución en marcha, al menos por dos días, o por lo que te dure el ímpetu, lo que puedas seguir con la foto de perfil de la bandera puesta de cabeza, lo que puedas aguantar antes de parchar en Miami con el hijo de algún narco, lo que te tragues hasta que tapen una calle cercana y no te dejen movilizarte para ir a verte con tu pareja o con tus amigos. La revolución esa de la que hablas, que va contra todo lo político, que no busca polarizar sino unir todo en torno al amor más perverso y sádico, el amor al opresor, querer seguir siendo un enajenado, que nos perdonemos, ellos a nosotros por ser juventud, y nosotros a ellos por ser despiadados sicarios del capital.
Siempre te agradeceré ser parte de la primera línea jurídica, yo por mi parte, aún siendo igual de abogado que tú, prefiero no meterme y jugar con la defensa técnica de nadie, no sabría que hacer. Hago pues, lo único que puedo, poner el cuero con mucho miedo. Amor y empatía, nada más que eso en las tres tristes líneas que puedo darme el lujo de escribir las cuatro veces mensuales en las que en Bogotá llueve todo el fincho.
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