Solía tener una amiga con la que estudié en el colegio, pero que se volvió amiga después de eso, a decir verdad no sé si sigamos siendo o no amigos. Ella me gustaba un poco, de esos amores adolescentes que no terminan en nada, que se mantiene vivos por la ilusión y por el deseo (aunque nunca hubo nada entre los dos).
Una vez la invité a salir, mas en broma que en serio. Fuimos a un bar, hablamos un poco, bebimos un poco (yo una cerveza y ella un jugo de fresa), salimos del bar y nos ofrecieron entrar a una reunión de alcohólicos anónimos que se desarrollaba en una pizzería. Ya llegaba la hora de irnos, ella pidió una moto y yo me fui caminando hasta la estación de Transmilenio mas cercana (20 min aprox). Mientras esperábamos que llegara el transporte de ella pensé en besarla, nunca pasó. Tampoco sé si ella quería eso. Algunas veces lo memorable no es lo que pasa, sino lo que deja de pasar. Recuerdo llegar a mi casa y recibir por voz de ella la noticia de que casi moría por culpa del gas lacrimógeno que chupó cuando se regresaba por la 30 en moto.
Otra vez salimos a un café en el centro, mismo café al que mi jefa me llevaba cuando la acompañaba a los juzgados, decía que era mi premio por cargarle los papeles y acompañarla por sitios donde ella no se metería sola. No lo hacía por un premio tampoco, solo lo veía como parte de mi trabajo. En ese café (¿patria? puede ser) la invité a tomarse un mísero tinto, cosa que no fue tan mala hasta que tuve que pagar y me tocó pedirle prestado porque no tenía más plata para pagar. Recordé que alguna navidad una tía bruja me "enseñó" a leer el café, o más bien, a leer lo que queda después de tomarse el café, o más bien, a hablar mierda sobre la marcha mientras se miran las paredes de un pocillo manchadas por gotas negras.
Esta chica con la que salí un par de veces, cuyo nombre no diré porque no quiero perjudicarla, que me reprochó recientemente porque la había olvidado (fíjate tanto que te olvide, mamona), me regaló o me prestó, ya no recuerdo bien, un libro de Soto Aparicio. El libro era una edición muy vieja, en la primera pagina había una dedicatoria -obviamente no para mí- medio borrosa pero muy sentida, creo que perteneció anteriormente a la mamá o a la tía de mi amiga. El libro es bueno, la forma en la que escribe Soto Aparicio siempre me ha parecido deliciosa, lo sé porque el nunca definiría su estilo culinariamente, pero es tan fidedigno y consecuente con el mismo que con eso me basta, no hay cabida para el realismo mágico, si lo hay para algo, será para la trágica realidad. No les haré un spoiler del libro, suficiente con que sepan que lo recomiendo y que ahora mismo me siento como Fernando, que ocupa un papel mas bien irrelevante en el libro (más no en la historia).
Antes de terminar el libro, una noche que lo quise leer con voluntad y no con los ojos, pues mi cuerpo se negaba a pararse de la cama y prender la luz, cometí un error. Pensé que con un poco de cafeína y sana terapia podría convencerme de leer un poco y equilibrar mis ganas con mis posibilidades, pensar en la madrugada a veces deja malas decisiones. Me hice un café y me senté en el escritorio a leer, después de leer la primera hoja moví la mano hacía el pocillo y la cagué. Todo encima del libro, secarlo y esperar que no me lo pidiera nunca.
La vida siempre es problema tras problema (y que problemas), me pidió el libro y no le pude dar largas por mas de tres días. Me vi entonces en la penosa situación de tener que conseguir dos libros, uno que devolverle a ella y otro para mí, pues me había gustado mucho. A cada puerta que se abre se cierran dos ventanas, el libro no es muy difícil de conseguir, no está en cualquier Panamericana, pero encontrar una versión que se pueda leer es un trabajo de 1 hora en el sitio indicado. El problema era encontrar una versión que se pudiera leer más de una vez, no un simple libro para decorar el estante, sino un libro para poder manosearlo, al menos para mí.
De esta forma, la búsqueda del libro se extendió innecesariamente, un poco por mi falta de voluntad en el tema, un poco por la dificultad, y principalmente por la negativa a deshacerme de un pretexto para poder hablar con mi amiga.
- Hey, ¿cómo vas?
- Bien, las cosas de maravilla... Oye, recuerda que tienes mi libro, aún lo estoy esperando.
- Sí, sí, sí, ahí lo tengo, siempre olvido empacarlo y dártelo. ¿Te parece bien que nos veamos en estos días para tomar algo? Conozco un lu-
- Mira Camilo (aquí rompo la cuarta pared si se quiere, pocas personas se refieren a mi con mi nombre de pila, entonces no creo que sea necesario aclarar que esto nunca paso), estos días estoy un poco ocupada con todo, cuando tengas mi libro lo puedes dejar en la portería de mi edificio, sabes donde vivo.
- Entiendo, no pasa nada. En estos días hablamos, que te vaya muy bie-. Ah parece que se cayó la llamada.
Y así pasaron los días, finalmente le devolví el libro y pasó lo que tenía que pasar, dejamos de hablar. De ella guardo entonces tres recuerdos valiosos, el primero de ellos, haber conocido Mientras llueve, que me dejó marcado de por vida, o al menos en los primeros capítulos (o como Soto, los primeros días de este diario). La segunda cosa, una pequeña novela de Dostoyeski, que está muy lejos de ser lo mejor del ruso, pero que sí me sirvió para sentirme inmensamente miserable y que me hizo pensar en el cuento del capote de Gogol. La tercera cosa son esas anécdotas, porque me da muchísima risa saber como me comporto, verlo en retrospectiva, y saber que a pesar de todo la gente sigue hablándome.
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