jueves, 15 de abril de 2021

Al Magdalena, mi amor.

Aunque muchas de las personas que me conocen me referencia como Cúcuta (o cucú, o alguna de esas ridículas variantes), la verdad es que nací en Barrancabermeja, no es algo nuevo, quien de verdad me conozca me habrá visto más de una vez mostrando mi documento de identidad. Un poco orgulloso de la sorpresa evidente de lo que se da por sentado y está mal, un poco también por mis raíces. 

Los ultimos años que viví en Barranca fueron raro, nací allí y después me fui con mis viejos a recorrer todo Santander. Tenía entonces unos 13/14 años, era gordo (pero realmente gordo, pesaba unos 70 kilos, hoy unos 7 años después peso más o menos lo mismo), un poco de acné y muy poca confianza. Era de esos pelados que no hablaban con nadie y producían ternura más que otra cosa. 

Nunca me he considerado muy agraciado, siempre he pensado que soy simpático, en la misma clave que lo dicen las mamás cuando no quieren admitir que su hijo es feo. A pesar de que hoy en día ha mejorado un poco mi imagen, y que se que quizá la noción de otras personas no es tan mala como la propia, no creo que mi figura ni mi cara sean llamativas por si solas. 

Cuando llegué a Barranca (11/12 años) me metieron a un colegio de esos de elite petrolera, que abundan en la ciudad y que no es muy difícil acceder cuando todos tienen un familiar con plan educacional de Ecopetrol. A pesar de haber llegado a la ciudad (o pueblo) que me vio nacer, siempre fui el diferente. Hablaba diferente que al resto, me gustaban cosas que a nadie, me sentía quizá un poco más culto por haber vivido en Cúcuta (típico error de niño). En esos momentos un niño con pocos amigos y con gustos disimiles a lo normal para el estándar ve solo una salida, mentir, mentir como miente un condenado a muerte. Total, nadie sabrá nunca como era antes.

Para mi juvenil sorpresa siempre hay algo de atención sobre lo que no es igual, a pesar de que era muy raro, la gente no me cerró las puertas, y siempre fue un logró hablar con el nuevo (y foráneo). Aunque diga que era algo tímido y cerrado, la verdad es que tenía lo justo para poder hablar con otras personas y tratar de entablar amistad, lo que no era tan sencillo para mi hermana que siempre ha sido un poco mas cerrada con la gente.

Recuerdo mucho que en esa época me gustaba el anime, creía ser otaku. En Barranca esto era algo más normal que en Cúcuta (o quizá entre la gente que conocí en ambas ciudades), de las primeras cosas que hice cuando llegué al magdalena medio fue comprarme una libreta de esas que simulan ser una Death Note, acto seguido, escribí el nombre de los compañeros que más me molestaban por gordo y por hablar siempre como si estuviera enojado (muy cucuteño el asunto). Luego me di cuenta que realmente no me llevaban en la mala, solo era la forma clásica en la que sus papás les enseñaron a entablar relaciones. Primero tener una rencilla con alguien y después volverse amigos a raíz de eso. En ese momento no caí en cuenta, mi papá a pesar de estar todo el tiempo para uno, siempre fue una figura distante, entonces me comportaba más como lo hacía mi hermana, lo que a mí me tachaba de afeminado, y a mi hermana de machorra. 

Fueron pasando los meses y logré crear lazos. Ya no me quedaba en el descanso apartado de todos escribiendo nombres en la libreta, sino que iba a jugar futbol con el resto de mis compañeros. Una vez una chica cuyo nombre era Emily se sentó junto a mí cuando escribía cosas en la libreta, me preguntó que era eso, sabiendo desde el inicio la respuesta que iba a recibir, pues también conocía la serie. Vio los nombres de mis compañeros y nos reímos, hablamos lo que duro todo el receso y después entre cierta complicidad propia de un muchacho gordo y tierno, y una chica mayor que tampoco quería a sus amigos nos dimos un pico.

Recuerdo mucho a quien hizo el primer acercamiento para ser mi amigo, se llamaba Carlos Daniel, pero nadie le decía Carlos. Daniel tenía una cicatriz en la frente que se hizo una vez bajando mangos de un palo, era un pelado inquieto, el primer "l'enfant terrible" que conocí, me agradaba su amistad, no buscaba nada en contraprestación, solo alguien que no le corriera, y yo, que tengo una paciencia a veces exagerada, le restaba importancia a su hijueputez y valoraba lo bueno.

Después de él vino Santiago Elías, a él si lo llamaban por su nombre completo, aunque después me confesó que odiaba el Elías, le parecía nombre de señor (y razón no le faltaba), entonces simplemente lo llamaba Santiago, en contadas ocasiones Santi. Él era diferente a Daniel, era más parecido a mí, le gustaba el anime y tampoco era muy versado en el ámbito social. Gracias a él me vi por primera (y única vez) Katekyō Hitman Reborn!. También salí por primera vez solo en Barranca para encontrarme con él, fuimos al único centro comercial que había en la ciudad, a comprar figuritas de Anime. 

La relación con Eduardo fue inesperada. Él era de lo más popular que estudiaba conmigo, un negro bien portado y con una energía que envidiaba. Era buena persona con todo el mundo, pero mantenía las distancias con las personas que consideraban que no le traían nada bueno. No era muy bueno en historia, nos conocimos como lo hacen los personajes de series de Netflix y fanfictions, en un trabajo en grupo en el que lo ayudé. Años después Eduardo le escribió a mi hermana invitándola a salir. 

Finalmente llegó Elner, amigo de Eduardo y Santiago (los tres habían estudiado toda la vida en ese colegio). Elner era también negro, pero se burlaba de Eduardo por ser negro, y de Elías (así lo llamaba él) por ser mono. De mí se burlaba por ser gordo, aunque después eso pasó a segundo plano, pues yo no le prestaba atención a eso (realmente estaba gordo, no había forma de negarlo). Era el bully de buen corazón que se ve avocado a actuar así pues la vida lo trataba mal y el se desahogaba en el resto. Siempre recordaré el peor chiste con el que me reído, que salió de su boca en un descanso. 

- Vanegas, ¿qué es negro por dentro y amarillo por fuera?
- No sé... ¿un pollito sucio?
- NO, ES EDUARDO EN UN TAXI JAJAJAJA

Ese mismo año (mi primero desde que regresaba a Barranca) conocí a quien de por primera vez me enamoré. Se llamaba Carolina. Es aquí donde Wilde diría que ella tenía la cara más linda que hubiera visto nunca, pero no tengo la prosa de Wilde para hacer el intento. Carolina también llevaba muchos años en esa institución, siempre hablamos y tonteamos pero nunca pasó nada, supongo que también me veía como alguien tierno, mientras yo escribía poemas y arrancaba flores (maleza) que nunca me animé a entregarle. A Daniel también le gustaba, yo lo sabía, él sabía lo mío, aunque nunca se lo dije. Si hoy en día soy un poco dormido (y que le pregunten a Laura), en esa época Morfeo me besaba todas las noches para que nunca despertara. Siempre tuve un gusto secreto por ella, creo que es la primera vez que lo admito en publico. Hace unos años la seguí en Instagram, hace poco ella me siguió en Twitter, a lo mejor ya no se acuerda de mí, pero siempre la guardaré con el cariño de un primer amor que no fue. Creo que ahora estudia odontología en Bucaramanga.

También estaba Leslie, que fue la segunda chica que me dijo que yo le gustaba. La primera fue en Cúcuta y me regaló para mi cumpleaños unos barquillos de chocolate, que yo rechace pues no me gusta el chocolate (al llegar a mi casa le conté a mi mamá y me regañó por semejante desplante). Con Leslie me cuide y traté de actuar correctamente, todo muy cordial, siempre aprovechando que era amiga de Carolina y preguntándole por ella. 

Ese primer año conocí a alguien se apellidaba Vanegas, que no era ni mi papá ni mi hermana (y desde luego tampoco familiar mío). Estaba un curso arriba y estaba tragado de Emily, se llamaba Germán, un buen pelado, algo madurado para su edad.

En el segundo año conocí a quien fue mas cercano, se llama José Luís, ahora era él el nuevo y venía de Bucaramanga, yo le hice la inducción en el colegio. Recuerdo que friki con mayúsculas, no le daba pena decirlo, jugábamos por las tardes en los café internet y nos compartíamos cosas, yo siempre con el recelo de que la gente se enterará de que yo era friki, pero nunca con pena de que supieran que era amigo suyo. Santiago se nos unió más tarde y nos llevábamos muy bien. Una vez nos invitaron a otro colegio, él fue a unas olimpiadas matemáticas y las ganó. Yo fui a un concurso de deletreo (que perdí) y a recitar poesía (que olvidé por los nervios a la mitad, un simple poema de Neruda, que mi profesora de literatura se había esforzado en enseñarme). También invitó a salir a mi hermana, creo que ahora estudia alguna ingeniería en la universidad de La Sabana y le va bien. 

Con todos ellos he perdido el contacto, no soy muy bueno cuidando amistades viejas, más aún cuando he cambiado tanto de como era en ese entonces. Cada uno tiene su estrella y debe seguirla, a veces quisiera hablar con alguno de ellos, vernos, que me critiquen por como soy ahora, que me cuenten sus chistes nuevos, que recordemos con nostalgia aquellas tardes en las que no hacíamos nada, que usábamos camisa y chaleco en una ciudad con +36 grados centígrados. Después pienso mejor y entiendo que no quieran tener nada que ver con una persona como uno (no por nada en especial, simplemente diferentes), sin embargo no dejo de agradecerles por haber influido en lo que soy y los guardo con cariño. 

A veces quisiera volver al Magdalena y sentarme en el puerto, tomarme unas cervezas a las seis de la tarde con los borrachos que dicen que siguen trabajando, fumarme un cigarrillo a la orilla del rio y tirarme en su espesa agua para nunca salir. 




viernes, 9 de abril de 2021

Mientras llueve

Solía tener una amiga con la que estudié en el colegio, pero que se volvió amiga después de eso, a decir verdad no sé si sigamos siendo o no amigos. Ella me gustaba un poco, de esos amores adolescentes que no terminan en nada, que se mantiene vivos por la ilusión y por el deseo (aunque nunca hubo nada entre los dos).

Una vez la invité a salir, mas en broma que en serio. Fuimos a un bar, hablamos un poco, bebimos un poco (yo una cerveza y ella un jugo de fresa), salimos del bar y nos ofrecieron entrar a una reunión de alcohólicos anónimos que se desarrollaba en una pizzería. Ya llegaba la hora de irnos, ella pidió una moto y yo me fui caminando hasta la estación de Transmilenio mas cercana (20 min aprox). Mientras esperábamos que llegara el transporte de ella pensé en besarla, nunca pasó. Tampoco sé si ella quería eso. Algunas veces lo memorable no es lo que pasa, sino lo que deja de pasar. Recuerdo llegar a mi casa y recibir por voz de ella la noticia de que casi moría por culpa del gas lacrimógeno que chupó cuando se regresaba por la 30 en moto.

Otra vez salimos a un café en el centro, mismo café al que mi jefa me llevaba cuando la acompañaba a los juzgados, decía que era mi premio por cargarle los papeles y acompañarla por sitios donde ella no se metería sola. No lo hacía por un premio tampoco, solo lo veía como parte de mi trabajo. En ese café (¿patria? puede ser) la invité a tomarse un mísero tinto, cosa que no fue tan mala hasta que tuve que pagar y me tocó pedirle prestado porque no tenía más plata para pagar. Recordé que alguna navidad una tía bruja me "enseñó" a leer el café, o más bien, a leer lo que queda después de tomarse el café, o más bien, a hablar mierda sobre la marcha mientras se miran las paredes de un pocillo manchadas por gotas negras. 

Esta chica con la que salí un par de veces, cuyo nombre no diré porque no quiero perjudicarla, que me reprochó recientemente porque la había olvidado (fíjate tanto que te olvide, mamona), me regaló o me prestó, ya no recuerdo bien, un libro de Soto Aparicio. El libro era una edición muy vieja, en la primera pagina había una dedicatoria -obviamente no para mí- medio borrosa pero muy sentida, creo que perteneció anteriormente a la mamá o a la tía de mi amiga. El libro es bueno, la forma en la que escribe Soto Aparicio siempre me ha parecido deliciosa, lo sé porque el nunca definiría su estilo culinariamente, pero es tan fidedigno y consecuente con el mismo que con eso me basta, no hay cabida para el realismo mágico, si lo hay para algo, será para la trágica realidad. No les haré un spoiler del libro, suficiente con que sepan que lo recomiendo y que ahora mismo me siento como Fernando, que ocupa un papel mas bien irrelevante en el libro (más no en la historia).

Antes de terminar el libro, una noche que lo quise leer con voluntad y no con los ojos, pues mi cuerpo se negaba a pararse de la cama y prender la luz, cometí un error. Pensé que con un poco de cafeína y sana terapia podría convencerme de leer un poco y equilibrar mis ganas con mis posibilidades, pensar en la madrugada a veces deja malas decisiones. Me hice un café y me senté en el escritorio a leer, después de leer la primera hoja moví la mano hacía el pocillo y la cagué. Todo encima del libro, secarlo y esperar que no me lo pidiera nunca.

La vida siempre es problema tras problema (y que problemas), me pidió el libro y no le pude dar largas por mas de tres días. Me vi entonces en la penosa situación de tener que conseguir dos libros, uno que devolverle a ella y otro para mí, pues me había gustado mucho. A cada puerta que se abre se cierran dos ventanas, el libro no es muy difícil de conseguir, no está en cualquier Panamericana, pero encontrar una versión que se pueda leer es un trabajo de 1 hora en el sitio indicado. El problema era encontrar una versión que se pudiera leer más de una vez, no un simple libro para decorar el estante, sino un libro para poder manosearlo, al menos para mí. 

De esta forma, la búsqueda del libro se extendió innecesariamente, un poco por mi falta de voluntad en el tema, un poco por la dificultad, y principalmente por la negativa a deshacerme de un pretexto para poder hablar con mi amiga. 

- Hey, ¿cómo vas?
- Bien, las cosas de maravilla... Oye, recuerda que tienes mi libro, aún lo estoy esperando.
- Sí, sí, sí, ahí lo tengo, siempre olvido empacarlo y dártelo. ¿Te parece bien que nos veamos en estos días para tomar algo? Conozco un lu-
- Mira Camilo (aquí rompo la cuarta pared si se quiere, pocas personas se refieren a mi con mi nombre de pila, entonces no creo que sea necesario aclarar que esto nunca paso), estos días estoy un poco ocupada con todo, cuando tengas mi libro lo puedes dejar en la portería de mi edificio, sabes donde vivo.
- Entiendo, no pasa nada. En estos días hablamos, que te vaya muy bie-. Ah parece que se cayó la llamada.

Y así pasaron los días, finalmente le devolví el libro y pasó lo que tenía que pasar, dejamos de hablar. De ella guardo entonces tres recuerdos valiosos, el primero de ellos, haber conocido Mientras llueve, que me dejó marcado de por vida, o al menos en los primeros capítulos (o como Soto, los primeros días de este diario). La segunda cosa, una pequeña novela de Dostoyeski, que está muy lejos de ser lo mejor del ruso, pero que sí me sirvió para sentirme inmensamente miserable y que me hizo pensar en el cuento del capote de Gogol. La tercera cosa son esas anécdotas, porque me da muchísima risa saber como me comporto, verlo en retrospectiva, y saber que a pesar de todo la gente sigue hablándome. 

lunes, 5 de abril de 2021

Para L

Hay quienes dicen que las cartas de amor no son para publicarse, de las cartas de odio mejor ni hablar. Dicen que estas tienen un receptor especifico y no se que otras cosas, porque realmente desconozco personas que sigan pronunciándose sobre las cartas de amor en pleno 2021.

El emisor de este mensaje será el mismo receptor, y quien quiera leerlo, por supuesto. Pero debo advertir a todos (a mí mismo incluido) que lo escrito aquí se le atribuye todo a una sola persona.

"Yo tampoco sé vivir, estoy improvisando" comenta el gran Javier Ibarra en vivir para contarlo. Las decisiones mas difíciles siempre son duras, siempre quedara la duda de si se actúo bien. Poco importa, lo hecho, hecho está, y deshacer las cosas no siempre es lo mejor, ni lo oportuno. 

¿Conocen esa sensación de querer mucho a alguien pero no poder estar con esa persona? Todo se desmorona a veces, y es mejor irse antes que derrumbarse - o esfumarse - y dejar a la otra persona tambaleándose. No hay que mentir, se que son palmaditas en la espalda lo que estoy haciendo, si yo me lo creo supongo que el resto me seguirá y lo creerá conmigo ¿no es así?.

Aquí va una confesión, otro día domingo que me despierto pensando en que será la ultima vez (o que debería serlo). Miro mi cara, todo en orden, no estoy desfigurado por lo menos. Me levantó y cojeo, miro mi pierna y de izquierda a derecha un rasguño de una profundidad no tan modesta me impide apoyarla, bueno, el tiempo todo lo cura. Reviso mi billetera, que más bien parece una cartera, porque no tiene ningún billete, pero si muchos papeles inútiles. En la sala están los amigos, me cuentan como estuve anoche, al menos las lagrimas y la sangre son algo muy diciente, preguntas están de más.

Mis días has estado rodeados de Julio Jaramillo y de Hertzainak, la pierna como el corazón sanan, y la pierna como el corazón no se pueden dejar de usar. Siempre será placido arroparse en la nostalgia y la melancolía, pero no siempre se pueden hacer las cosas que se quieren. 

Esta vez opto por omitir todo tipo de cursilerías, no porque me de pena escribírtelas, al menos no después de haberte dedicado uno o dos poemas adolescentes, alguna carta y un cuento mas bien descafeinado, no seré cursi porque no hay necesidad. Las cosas no siempre pasan por una razón, otra mentira de la meritocracia y el causalismo que nos creímos, lo dicho seguirá estando dicho, sin embargo eso no me quita la posibilidad de recordarte lo estupenda que eres, que fuiste y que (espero) seguirás siendo, porque has sido de lo mejor que me ha pasado, pero como las mejores cosas también terminan, el dolor y la pena no se pueden evitar, no se pueden extender lenta e innecesariamente tampoco. 

No llores por mí negra, no he ido a la guerra ni he muerto, me encuentro bien. Estoy cambiando, estoy intentando cambiar. Pienso en ti bastante, pienso mucho las cosas, pienso en muchas cosas, pero se que lo que hago es lo mejor que puedo hacer. Espero que algún día creas en ti casi tanto como yo lo hago, espero que te encuentres bien, se que escribir estas líneas no es lo más justo, pero te pido esta ultima licencia, simplemente no me guardes rencor.