jueves, 9 de abril de 2020

Ars boni et aequi



“Puedes matar a todos los azulejos que quieras, si es que puedes, pero nunca a un ruiseñor, eso es un pecado.”
-Atticus Finch.


Nunca he podido entender ese fetiche que tiene la gente que estudia derecho. Referirse a todos los profesores como Doctor, o mejor, a todos los abogados como doctor. Se nota como le sube la lívido al que recibe esa denominación.

Gran parte de las personas que conozco son o van ser abogados, es lo que tiene estudiar esa maravillosa carrera que sirve para luchar contra las injusticias del mundo y para llenarse la boca de mierda, autocomplaciéndose por formar parte de ese selecto grupo.

Los estudiantes de derecho no están tan mal. Muchos de ellos me caen bien, aun tienen convicciones y creencias justas, aún no han experimentado el desencanto de la vida profesional. Rodion Romanovich Raskolnikov y Dmitri Prokófich Razumijin para ver dos casos dignos de admiración.

Del lado del profesional, más bien pocos que se hayan dedicado a litigar, pueden ser ejemplos de algo en la vida -no sería justo hablar de Fidel Castro o de Rubén Blades-. El pobre abogado que es justo y trabaja honradamente en pro de causas nobles, nunca es conocido, condenado al anonimato. Llama más la atención de la vulgar telebasura el buscapleitos o el de dudosa moral.


Una vez más, voy a empezar a hablar de lo quiero hablar, justo después de haber hablado sobre cosas que nada tienen que ver.


Harper Lee, ganó el premio Pulitzer por Matar un ruiseñor, lo que ciertamente también causo la envidia y el celo profesional de quien otrora fuera uno de sus amigos más cercanos, Truman Capote. Para muestra de su ello, en la novela uno de los personajes principales, llamado Dill, está inspirado en el escritor, mismo personaje, que, desarrolla un interés amoroso en la protagonista de la historia, Scout Finch.


Matar un ruiseñor, considero que debe ser una obra que todo abogado debe leer (eso solo demuestra que tal vez no tengo ni futuro en el mundo del derecho, ni en el de la literatura, y probablemente por haber usado esa frase, una carrera promedio en el de la crítica), Atticus Finch es quizá el mejor abogado que se pueda encontrar dentro del género.


Atticus es un abogado en los años 30 en el sur de Estados Unidos, que tiene la oportunidad de vivir en una grande metrópoli, pero prefiere quedarse en su pueblo porque sabe que, si él no está, otro ocupara su lugar, y en un pueblo así, eso puede ser peligroso.


Quien conozca un poco de estigmas y de prejuicios, sabrá que esta es una de las zonas del país mas conservadora (por no decir racista, xenófoba, machista, misógina; porque queda feo). El personaje está basado en el padre de Harper Lee, que al parecer, tanto en la novela como en la vida real, fungía como el instructor no solo de sus hijos, sino de toda la comunidad.


Si empiezan a leer la obra, no desesperen, contiene 3 grandes momentos, bien distribuidos y que dejan una enseñanza sin necesidad de ser un libro de autoayuda, ni proponerse semejante atropello, nada peor que los libros aleccionadores. 
Los abogados que no la han leído, tal vez deban hacerlo para replantearse cual es su función, hasta donde están dispuesto a ir por cumplir su labor.
Los estudiantes de derecho deberían hacerlo para dejar de idolatrar a hijueputas que tienen carros de lujo y relojes finos. 
Las demás personas, no deben dejar de hacerlo, porque más allá de que los protagonistas tengan algo que ver con el derecho, la obra habla sin tapujos del racismo de la época, de la misoginia, el abuso y el machismo, de los prejuicios y adversidades, y todo desde la óptica de unos niños que empiezan a conocer el mundo, pero no por ello tienden a repetir las conductas de los adultos.

Y sí, es probable que yo sea un resentido y un envidioso, lo mismo que esos a quienes ustedes idolatran sean unos hijueputas.

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