jueves, 24 de noviembre de 2022

Un adelanto del fin del mundo

Últimamente la frontera entre lo onírico y lo real es muy difusa. Y no quiero decir con eso que lo que hace parte de los sueños no sea real, simplemente ya no puedo distinguir lo que sucedió mientras dormía y lo que nunca sucedió. En estos días mis sueños han sido irregulares, no son muy largos, me levantó sudando - a veces frío -, doy vueltas sobre la cama y me escondo bajo ella. He probado dormir en el piso, por si esta afección fuera culpa de mi colchón, pero no ha rendido frutos. Supongo que el soporte que me incomoda es mi misma espalda. 

He soñado con gente que quiero, con gente que quise. He soñado con cosas que sucedieron, cosas que me hubiera gustado que sucedieran, cosas que jamás van a suceder. Pasa a menudo también que durante el día confundo lo que he soñado con cosas que realmente pasaron. ¿Cómo te terminó de ir ayer en la película que me dijiste que ibas a ver? Y bueno, ayer no hablamos, tampoco vi ninguna película. No es como soñar despierto, creo que se trata más bien de pobres sueños que son apenas remembranzas, un puñado de ideas sueltas sobre eventos que nunca existieron pero que se abren paso por mi cabeza. Mis sueños ya no son placidos, no son malos. Ya no me importa si sucedió en un sueño en la vida real. No existe frontera entre lo uno y lo otro, ambos son reales e ilusiones a la par. 

Me he reprochado mucho el no poder hablar de mis sentimientos con nadie. No porque nadie quiera escucharlos, no porque no crea que sea una carga el contarlos. Me he hecho a la idea de que hablar sobre mí es un tema personal que se limita a mi diario, por lo que no lo hablo ni conmigo mismo. Me he dado cuenta (hace algún tiempo atrás) que hablando doy tantas vueltas como la moneda que sea cae al piso. Que abuso de las metáforas y los símiles para decir lo que quiero sin tener que decirlo. Más vale hablar claro y entendible, que poner tantos recursos que hacen ininteligible mi discurso. También soy consciente de que me expreso mejor escribiendo que hablando, a pesar de que en esta ultima modalidad se cuentan con mayores recursos, el que más necesito se hace complejo, que es el de pensar y repesar. Más rápido lo que sale por la boca que lo que pasa por la cabeza. 

Siempre agradezco la compañía de la gente que está a mi alrededor, de eso no quiero quepa duda. Les guardo profundo afecto, respeto y disposición. No soy bueno tratando conmigo mismo, no espero que ustedes lo sean, tampoco tendrían por qué. Casi siempre escribo por sentimiento, a veces a pesar de él, y que se sepa también que no es mi objetivo ser autocomplaciente y darme palmadas en la espalda, solo quiero poder hablar de lo que siento conmigo mismo. Las justificaciones si bien podrán ser muchas y variadas, tienen el mismo valor que una moneda de madera. Están ahí, se ven y se pueden llegar a entender, puedo observar lo que quieren significar, pero en la practica siguen siendo monedas de madera. Y es que aunque fueran de oro, ninguna moneda alcanza para comprar una excusa, pues no están a la venta. 

Ser consecuente es difícil y siempre sale caro, y que para no ser un niño a veces me columpio demasiado, no queda más que seguir intentándolo hasta encontrar la salida del laberinto, aún a sabiendas de que a la salida del mismo habrá otro mayor.

A Borges le gustan los laberintos, a mí me gusta Borges. No creo que a Borges realmente le gustaran los laberintos (no en términos de gustar), a mi realmente no me gusta Borges (no en términos de Borges). A la derecha o a la izquierda, detrás de esa pared de concreto hay siempre lo mismo, solo cambia cuando se la atraviesa. Y cambia uno, y cambia la pared, y entonces no es siempre lo mismo. 

Estoy armando mi antología de cuentos. El día que la termine pienso sacar siete copias, regalarlas y pedirle a cada una de las persona que la recibió que nunca me hable de eso. Después de eso pienso quemar lo que he escrito, tirarlos por la ventana, dejarlos remojando en agua hasta que se borre la tinta, triturarlos, cortarlos en pedazos pequeños, enterrarla debajo de un árbol, dejarlas sobre una silla de bus. Mis cuentos reflejan mi dolencia, ya no se distinguir entre lo real y lo pretendido, ya no distingo entre ellos y yo. No son epifanías, no son auspicios de eventos místicos, desde luego no son buenos cuentos. La frontera entre mis cuentos y mi persona es difusa. La única forma de solucionarlo es prescindir de fronteras, ya no importa el hacía, solo importa el ser y quiero reafirmarme en cada una de las expresiones de mí. 

El titulo siempre al final. Un adelanto del fin del mundo. Rimbaud estos días vive gratis en mi cabeza, el resto de los días vive gratis en un estante en mi cuarto. Lo dejo aquí por si pierdo la cabeza, lo escribo ahora antes de que se me caigan los dedos, no lo hablo porque soy tartamudo ante situaciones que me producen nervios. 


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