La vida está maleada –dijo el poeta mientras se derramaba el vino encima, en una sala llena de gente que buscaba arreglar el mundo – Hay que cambiar la vida.
En estos días he aprendido nuevamente a ser un poco más
feliz. Me doy cuenta que estoy rodeado de personas con una increíble capacidad
de querer, y no menos sorprendente, de quererme. También me doy cuenta de que
siempre caigo en el ‘queísmo’ por evitar el ‘dequeísmo’.
Me doy cuenta de que querer no es una categoría, no hay
formulas como en una ecuación que nos asegure un resultado concreto. Sofía me
advierte que no limite mis sentires, y en ese ejercicio de no limitarlos también
viene implícito el ejercicio de no dejarlos salir desaforadamente a la primera.
Pues es tanto el derrocharlos cómo el irrespetarlos.
Más de una persona me ha dicho en estos días que disfruta de
la lectura de lo que se escribe acá. No me alcanzan las palabras para
agradecerle al cielo (ni a la Cielo), porque siempre es más sencillo aceptar una
corrección que un cumplido, frente al primero se sabe cómo actuar, respecto al
segundo simplemente sonreír por lo bajo. También debo admitir que existen
ciertos rezagos de incredulidad, pues el primer pensamiento que llega al
recibir un mensaje es que quizás se deba a un compromiso inexistente de esos
que forjan las amistades, una cordialidad producto de las formas a las que
estamos acostumbrados. Creo que ustedes lo llamarían síndrome del impostor,
pero yo no soy psicólogo como para hacer una aseveración de ese tipo.
Anoche recordé el primer cuento que tuve la oportunidad de
disfrutar a placer por mi propia cuenta. Durante algunas sesiones hice parte de
un preicfes y pude dar lecciones de literatura. Bueno, más bien de comprensión
lectora, pero me contento pensando que había posibilidad del disfrute literario
entre los asistentes. Dicen que el mejor Cortázar era un mal Borges, siempre he
odiado esa frase.
El cuento en cuestión era “La casa de Asterión”, que contiene
dos de mis cosas favoritas, la mitología griega y las descripciones extensas. En
esta ocasión se narra la historia por fuera de la visión del héroe de la
historia, que pese a querer mucho a Teseo, nunca le perdonaré no haber cambiado
las velas de su barco y ser responsable directo de la muerte de su padre.
Asterión es el nombre del minotauro, por si no había sido lo
suficientemente claro. La casa es su laberinto, construido por Dédalo, a quien
jamás le perdonaré su responsabilidad en la muerte de su hijo Ícaro. En todo
caso, la mitología griega es rica y extensa, pero este cuento es muy poderoso.
El ejercicio que disfrutaba hacer con los jóvenes era el siguiente: se leía el
cuento por pedazos. Más o menos cada dos líneas nos deteníamos y les preguntaba
por donde creen que iba la historia, de quién creen que se estaba hablando, que
se alcanzaban a imaginar de la descripción. En un inicio siempre es difícil acertar
de quién se está hablando, pero conforme releen y vamos aumentando el número de
líneas disponibles se torna todo más claro. Casi nadie sabe el nombre del
minotauro al iniciar la sesión, al finalizar a todos se les ha quedado. No se
si aprendieron mucho, pero me queda la tranquilidad de que esa figura mitológica
que otrora miraran con desprecio ahora tiene un nombre. Y es que las cosas son
en la medida que se les nombra.
El otro cuento que me gustaba utilizar, un poco por la ironía
que tenía el ejercicio era el de “El contador de historias” de Wilde, en este
caso por ser más corto lo puedo pegar acá.
Había una vez un hombre a quien
amaban porque contaba historias. Todas las mañanas salía de su aldea, y cuando
volvía al atardecer, los trabajadores, cansados de haber trajinado todo el día,
se agrupaban junto a él y le decían: ¡Vamos! Cuéntanos qué has visto hoy.
Y él contaba.
__ He visto en el bosque un fauno
que tañía la flauta y hacía bailar una ronda de pequeños silfos.
__ Cuéntanos más. ¿Qué has visto?
– decían los hombres.
__ Cuando llegué a la orilla del
mar vi tres sirenas, al borde de las olas, que con un peine de oro peinaban sus
cabellos verdes.
Y los hombres lo amaban, porque
les contaba historias.
Una mañana dejó su aldea como
todas las mañanas; pero cuando llegó a la orilla del mar, he aquí que vio tres
sirenas, tres sirenas al borde de las olas, que peinaban con un peine de oro
sus cabellos verdes. Y continuando su paseo, cuando llegó al bosque vio un
fauno que tañía la flauta a una ronda de silfos.
Ese atardecer, cuando volvió a su
aldea y le dijeron, como las otras noches:
__ ¡Vamos¡ Cuenta, ¿qué has
visto?
Él contestó
__ No he visto nada.
De este ultimo me gustaba preguntarles que creían que había sucedido,
infinidad de respuestas eran siempre recibidas, desde que el cuentero tenía
poderes de manifestación y se asustó frente a sus propias capacidades, hasta
escuchar que ya había dicho todo lo que había por decirse. También pasamos por
la posibilidad de que tuviera la capacidad premonitoria y se hubiera asustado,
porque si no cuenta nada hoy, es que mañana no verá nada, vaticinando su propia
muerte. Hasta llegué a escuchar que el cuentero era un fraude y que el narrador
del cuento de Wilde era su cómplice, una suerte de narrador sospechoso, pues es
imposible que existan las sirenas y los faunos.
Es curioso que usemos el término “cuento” para referirnos a
una relación afectiva que no alcanza el nivel de un noviazgo, pero que es
indiscutiblemente más seria que un “pelo”. Acaso será porque es una historia
que no tiene vocación de extenderse en el tiempo, o porque bien es un
entretenimiento más ligero, no copeo de esas atribuciones, el cuento me parece
de lejos una de las mejores formas narrativas. Y llama la atención que el
termino que se le asigne sea cuento y no fábula, porque como me dice Juan,
siempre trato de buscarle una moraleja a todo, aún a sabiendas de que es un
ejercicio inútil, pues las cosas pasan por azar, no por ningún motivo en específico.
Yo puedo decir que vivo de los cuentos, que me debo a mis
cuentos, que vivo entre ellos y que no me disgusta. No todo tiene porque ser
una novela. El cuento tiene por si mismo una carga motiva que ningún otro tipo
de relato tiene, es su magia intrínseca, que no por ser más corto significa que
sea menos complejo e intenso.
No busco ser el próximo Rafael Pombo, primero porque sus
cuentos están bien, pero no son suyos. Segundo, porque mis cuentos se asemejan
más en estilo a los de Boris Vian, quizá más viscerales, porque la figuras
retoricas como las metáforas, los símiles y oximorones no se me dan bien, paso
a buscar siempre la alegoría y descripciones extensas, que tampoco se me dan
especialmente bien, pero con las que me siento más cómodo escribiendo mis
cuentos.
También empecé a rayar la pared de mi cuarto, quisiera
volver a rayar las paredes en la calle, supongo que estoy empezando por lo
propio. Les escucho si quieren decirme que rayar en mi pared, poco hay que no
se pueda escribir en ella.
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