Telescopio
Una hormiga alcanza las estrellas
subiendo a la cima de un árbol. Nosotros -insaciables- tenemos que tocarlas
hasta desintegrarnos.
Otros lo tienen más fácil. En
lugar de buscar las estrellas apuntan un poco más bajo. Ya no sueñan con llegar
a ellas, sino con convertirse en una. Buscan adelantar lo inevitable, debido a
que no soportan el sufrimiento, pues a la hora de la muerte todos somos la
estrella.
Unos pocos se ven condenados al
estrellato. Da lo mismo quedar esparramado sobre la calle en una estrella negra
o en el firmamento en un punto blanco. El choque nos da una importancia que no
pedimos y que no sabemos manejar.
Los últimos, que no tenemos ya un
lugar a donde pertenecer, buscamos una estela que marque el camino. A veces los
lugares lo superan a uno. A veces uno los supera a ellos. Buscar estrellas en
la mar o en la espuma. Los más son los condenados a travesías y epopeyas, pero
son los menos quienes pueden emprender el viaje.
Renuncio al “sin novedad”, al
“cero resultados”, al “no hay sistema”, al “inténtelo nuevamente”. Cada uno
verá en que gasta su vida, pero ciertamente no querer alcanzar las estrellas es
malgastarla. Quien sufre con resignación mata poquito a poco su tormento.
Si todo el año fueran vacaciones,
divertirse sería tan tedioso como trabajar. Rara vez llegan los accidentes,
pero esas estrelladas son lo único que nos saca del sopor.
No quiero comodidad. Yo quiero a
Dios, quiero poesía, quiero peligro real, quiero libertad, quiero bondad,
quiero pecado.
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