martes, 12 de julio de 2022

Rendición de cuentos

 La vida está maleada –dijo el poeta mientras se derramaba el vino encima, en una sala llena de gente que buscaba arreglar el mundo – Hay que cambiar la vida.

En estos días he aprendido nuevamente a ser un poco más feliz. Me doy cuenta que estoy rodeado de personas con una increíble capacidad de querer, y no menos sorprendente, de quererme. También me doy cuenta de que siempre caigo en el ‘queísmo’ por evitar el ‘dequeísmo’.

Me doy cuenta de que querer no es una categoría, no hay formulas como en una ecuación que nos asegure un resultado concreto. Sofía me advierte que no limite mis sentires, y en ese ejercicio de no limitarlos también viene implícito el ejercicio de no dejarlos salir desaforadamente a la primera. Pues es tanto el derrocharlos cómo el irrespetarlos.

Más de una persona me ha dicho en estos días que disfruta de la lectura de lo que se escribe acá. No me alcanzan las palabras para agradecerle al cielo (ni a la Cielo), porque siempre es más sencillo aceptar una corrección que un cumplido, frente al primero se sabe cómo actuar, respecto al segundo simplemente sonreír por lo bajo. También debo admitir que existen ciertos rezagos de incredulidad, pues el primer pensamiento que llega al recibir un mensaje es que quizás se deba a un compromiso inexistente de esos que forjan las amistades, una cordialidad producto de las formas a las que estamos acostumbrados. Creo que ustedes lo llamarían síndrome del impostor, pero yo no soy psicólogo como para hacer una aseveración de ese tipo.

Anoche recordé el primer cuento que tuve la oportunidad de disfrutar a placer por mi propia cuenta. Durante algunas sesiones hice parte de un preicfes y pude dar lecciones de literatura. Bueno, más bien de comprensión lectora, pero me contento pensando que había posibilidad del disfrute literario entre los asistentes. Dicen que el mejor Cortázar era un mal Borges, siempre he odiado esa frase.

El cuento en cuestión era “La casa de Asterión”, que contiene dos de mis cosas favoritas, la mitología griega y las descripciones extensas. En esta ocasión se narra la historia por fuera de la visión del héroe de la historia, que pese a querer mucho a Teseo, nunca le perdonaré no haber cambiado las velas de su barco y ser responsable directo de la muerte de su padre.

Asterión es el nombre del minotauro, por si no había sido lo suficientemente claro. La casa es su laberinto, construido por Dédalo, a quien jamás le perdonaré su responsabilidad en la muerte de su hijo Ícaro. En todo caso, la mitología griega es rica y extensa, pero este cuento es muy poderoso. El ejercicio que disfrutaba hacer con los jóvenes era el siguiente: se leía el cuento por pedazos. Más o menos cada dos líneas nos deteníamos y les preguntaba por donde creen que iba la historia, de quién creen que se estaba hablando, que se alcanzaban a imaginar de la descripción. En un inicio siempre es difícil acertar de quién se está hablando, pero conforme releen y vamos aumentando el número de líneas disponibles se torna todo más claro. Casi nadie sabe el nombre del minotauro al iniciar la sesión, al finalizar a todos se les ha quedado. No se si aprendieron mucho, pero me queda la tranquilidad de que esa figura mitológica que otrora miraran con desprecio ahora tiene un nombre. Y es que las cosas son en la medida que se les nombra.

El otro cuento que me gustaba utilizar, un poco por la ironía que tenía el ejercicio era el de “El contador de historias” de Wilde, en este caso por ser más corto lo puedo pegar acá.

Había una vez un hombre a quien amaban porque contaba historias. Todas las mañanas salía de su aldea, y cuando volvía al atardecer, los trabajadores, cansados de haber trajinado todo el día, se agrupaban junto a él y le decían: ¡Vamos! Cuéntanos qué has visto hoy.

Y él contaba.

__ He visto en el bosque un fauno que tañía la flauta y hacía bailar una ronda de pequeños silfos.

__ Cuéntanos más. ¿Qué has visto? – decían los hombres.

__ Cuando llegué a la orilla del mar vi tres sirenas, al borde de las olas, que con un peine de oro peinaban sus cabellos verdes.

Y los hombres lo amaban, porque les contaba historias.

Una mañana dejó su aldea como todas las mañanas; pero cuando llegó a la orilla del mar, he aquí que vio tres sirenas, tres sirenas al borde de las olas, que peinaban con un peine de oro sus cabellos verdes. Y continuando su paseo, cuando llegó al bosque vio un fauno que tañía la flauta a una ronda de silfos.

Ese atardecer, cuando volvió a su aldea y le dijeron, como las otras noches:

__ ¡Vamos¡ Cuenta, ¿qué has visto?

Él contestó

__ No he visto nada.

De este ultimo me gustaba preguntarles que creían que había sucedido, infinidad de respuestas eran siempre recibidas, desde que el cuentero tenía poderes de manifestación y se asustó frente a sus propias capacidades, hasta escuchar que ya había dicho todo lo que había por decirse. También pasamos por la posibilidad de que tuviera la capacidad premonitoria y se hubiera asustado, porque si no cuenta nada hoy, es que mañana no verá nada, vaticinando su propia muerte. Hasta llegué a escuchar que el cuentero era un fraude y que el narrador del cuento de Wilde era su cómplice, una suerte de narrador sospechoso, pues es imposible que existan las sirenas y los faunos.

Es curioso que usemos el término “cuento” para referirnos a una relación afectiva que no alcanza el nivel de un noviazgo, pero que es indiscutiblemente más seria que un “pelo”. Acaso será porque es una historia que no tiene vocación de extenderse en el tiempo, o porque bien es un entretenimiento más ligero, no copeo de esas atribuciones, el cuento me parece de lejos una de las mejores formas narrativas. Y llama la atención que el termino que se le asigne sea cuento y no fábula, porque como me dice Juan, siempre trato de buscarle una moraleja a todo, aún a sabiendas de que es un ejercicio inútil, pues las cosas pasan por azar, no por ningún motivo en específico.

Yo puedo decir que vivo de los cuentos, que me debo a mis cuentos, que vivo entre ellos y que no me disgusta. No todo tiene porque ser una novela. El cuento tiene por si mismo una carga motiva que ningún otro tipo de relato tiene, es su magia intrínseca, que no por ser más corto significa que sea menos complejo e intenso.

No busco ser el próximo Rafael Pombo, primero porque sus cuentos están bien, pero no son suyos. Segundo, porque mis cuentos se asemejan más en estilo a los de Boris Vian, quizá más viscerales, porque la figuras retoricas como las metáforas, los símiles y oximorones no se me dan bien, paso a buscar siempre la alegoría y descripciones extensas, que tampoco se me dan especialmente bien, pero con las que me siento más cómodo escribiendo mis cuentos.

También empecé a rayar la pared de mi cuarto, quisiera volver a rayar las paredes en la calle, supongo que estoy empezando por lo propio. Les escucho si quieren decirme que rayar en mi pared, poco hay que no se pueda escribir en ella.