lunes, 26 de junio de 2023

Conejo es condenado a muerte dos veces.


Conejo Harry se sentó en la puerta de su cobertizo a fumar, después de todo, lo crearon para eso. Hace tiempo venís gestándose en su cabeza una idea. No contaré su historia, todos la conocemos. 

Nunca perdonó a Updike por haberle dado una vida tan tormentosa -pero sobretodo larga-. Conejo creía que a los 30 años ya debía uno morirse. También creía que su vida después del tercer libro nunca volvió a tener algo interesante (no por nada fue el tercer libro donde le dieron el Pullitzer a Updike). 
Conejo quería ser otro tipo, alguien sencillo. Un padre ejemplar con trabajo de oficina de ocho a diecisiete que tiene su hermosa esposa, sus hijos, y su amante. Eso hubiera estado bien. 

Para su infortunio, su creador tenía pocas ideas, y a consideración del autor, repetitivas, y decidió volverlo un pobre diablo.

Entenderán ustedes que esa es una vida miserable. No tanto como la de todos nosotros, pero ciertamente miserable, más para un tipo como Conejo Harry, quien nunca pudo decidir su futuro, no tanto como todos nosotros.

Por eso acudió a mí, otro escritor, uno de menos talento, pero a su vez, de menos aspiraciones económicas. 
Vaya, lo único que pudo costearse. Su propuesta era directa y sencilla, me contrató para que yo escribiera esta historia en la que él pudiera matar a su creador y así dejar de ser explotado en una franquicia de libros repetitivos y carentes de alma. 

Así me dijo: 
—No quiero que sufra, solo quiero que se muera y que ni Faulkner lo pueda revivir.
—Eso que usted me pide es difícil, señor Conejo. Recuerde que no soy tan buen escritor como ellos. 

Guardamos silencio durante un rato. Yo conocía mis límites y él los suyos. Ví la desesperación en su rostro lleno de sudor. Se veía patético Conejo, nunca pensé que fuera así en persona.

—¿Y si lo matamos dos veces? Una usted y la otra yo.

Mire al piso un momento, no estaba seguro del todo, pero siempre quise matar a un escritor mejor que yo y robarle su puesto. La fama mata el alma y la envenena, pero hay momentos de la vida en los que uno debe tomar decisiones.

—Si usted me promete que hará todo lo que yo le diga, y confía en mí, lo podríamos hacer funcionar. Por supuesto, deberá pagarme por adelantado y no le prometo un resultado.

Agarre mi lapicero y me encerré en mi habitación toda la noche. Updike tenía ya 70 años, idear el plan de Conejo no fue difícil. Lo bueno si breve, bueno dos veces.

Escribo que se levantaría temprano, iría a la tienda y compraría su última cajetilla y se la fumaría tomando el whisky que sobró de la noche anterior. Tenía que darle un último gusto, no fue muy difícil seguir el estilo de Updike.

Lo único que tuvo que hacer fue acudir al hospital donde estaba internado su creador, afligido por un cáncer de pulmón (no era posible otra enfermedad, se hubiera salido del relato). 
Por supuesto que todos lo iban a dejar pasar, Era Conejo Harry, todos lo conocían y conocían todo de su vida, la habían leído en los cinco libros que papá Updike había escrito sobre la vida que le hizo vivir. Nadie iba a sospechar que fuera a atentar contra su creador. Se acercó a dónde estaba el viejo y desconectó el respirador artificial que lo mantenía vivo. Luego saltó por la ventana. Era un séptimo piso.

Esa fue la parte fácil. Por supuesto que Updike era mejor que yo, él ya había previsto que algún escritor de segunda categoría sería contratado para eso, entonces había dejado por escrito que de morir él, saldría un sexto libro de Conejo Harry, contando las memorias del infame asesino, trayendolos a los dos a la vida, aunque fuera una vida pasada.

Yo también estaba decidido, Updike será mejor, pero ante una determinación de hierro nadie competía (que aprendí de la dura historia de vida de Conejo).

Al día siguiente de la tragedia en el hospital acudí al despacho de Updike, dije que era un alumno de él y que tenía un encargo que me había dejado cómo última voluntad. 
Naturalmente, nadie me creyó, nunca me habían visto por ahí, y ciertamente no parecía alumno de nada. Entré a la fuerza y me encerré en su oficina, saqué un bidón de gasolina, lo regué por todos, terminé de escribir esta historia y ahora voy a prender fuego conmigo acá adentro. 

En unos años veremos si pude ser mejor escritor que él, sino, regresaremos los tres a la vida: Conejo, Updike y yo. 

Muerto dos veces solucionado el problema.