domingo, 5 de febrero de 2023

No significa una cosa (si no tiene ese swing)

Ayer me vi "The Whale" en cine. Antes de entrar me encontré con alguien, fue curiosa la situación.

Si no han visto la película, recomiendo lo hagan. Después de verla sentí muchas cosas. Una de ellas tenía que ver con el deseo, y la necesidad. Después de verla sentí la necesidad de volver a escribir, esa necesidad que solo se sacia escribiendo.

Estos días he estado muy desorientado (los últimos ocho meses), no sé bien que hacer, ni muy bien que quiero hacer, de momento quiero escribir. Así a secas. 

Ya terminé de estudiar, no me he graduado. No hay rumbo fijo, cinco años estudiando algo que ahora no se muy bien si quiero hacer. ¿Era necesario? No era deseable, al menos no por mí.

Hoy quiero escribir sobre el amor. ¿Será (el amar) una necesidad, un arte, un deseo? Tengo un dialogo conmigo, cada vez hable menos y digo más palabras. El camino más corto hacía un punto no es siempre el camino más rápido, ni el más deseable. Lo bueno, si breve, bueno dos veces, pero la brevedad es un virtud que no poseo. 

No soy Barthes, del amor no sé nada, del amar aún menos. He llegado a creer, sin embargo, que se trata de una necesidad para mí. Ya no hablarlo en términos de capricho, me refiero a que no puedo concebir la vida sin amor, sin estar enamorado. No es una elección, en ningún caso se trata de eso. Las palabras son tan limitadas que no se ha escrito aún nada sobre lo que es el amor, y eso que todo lo que se ha escrito siempre trata sobre el amor, porque bien o mal, este es el motor de la historia (perdón materialistas dialecticos históricos histriónicos). Me enamoro mucho, pero no me desenamoro nunca. 

Hoy creo que el amor es como el póker (que no la póker), porque no se como funciona ninguno de los dos. Eso no me impide creer que existe, y que habrá gente que tenga mayor o menor entendimiento del mismo. Siempre me ha gustado apostar, solo por el hecho de jugar, porque ganar no es nunca lo llamativo. Hasta hace poco siempre había sido muy condescendiente en todas mis relaciones, hasta pronto creo que lo seguiré siendo, pero cada vez menos, si se me permite la osadía. Hoy por hoy, lo que me come la cabeza es el hecho de pensar, tengo mucho tiempo para pensar, tengo tanto tiempo para pensar que no me queda tiempo para hacer nada. 

Le rehúyo a muchas situaciones, no porque no me guste poner el pecho (que tampoco), pero la vida es demasiado corta para quedarse estancado en un vórtice con destino a ningún lugar. He decidido que simplemente quiero hacer cosas. Pensar está muy bien, pero no me da la cabeza para hacerlo tan seguido. Tampoco se trata de hacer complicado hasta lo más sencillo, que me guste enredarme no significa que me guste lo complejo. 

El amor no llega ni se busca (a)

siempre está ahí, aunque se le huya (a)

no crece en los arboles (b)

ni brota del agua (a)

se le descubre en cualquier parte. (b) 

Tampoco está en romances (b)

ni en cuartillas o quintillas (a)

se escurre de la métrica (a)

y de discursos de poetas. (a)

No es rayo de luz, (c)

ni llega a los huesos, (d)

es una promesa que no se cumple (b)

pero no por ello se irrespeta. (a) 

Y eso no es poesía. Y prescindimos de las formas y la técnica (y con ello de la clase, de las lecciones también), no somos visceralistas ni reales, ni lógicos ni prácticos, ni chalados. Todas las definiciones implican un limite, y debe de existir, pero no me interesa ser quien lo encuentre (o se lo atribuya). Y todos los poetas son perdedores, y de perdidos al rio. Y nadie es quién cree que es, ni quién los demás creen que es, uno es lo que es. Y la razón nos hizo flaco favor, pero solo nos queda echarle la  culpa a Prometeo o a Epimiteo, que también se enamoraron y nos condenaron, y agradecerles porque sin lo malo no existe lo bueno. 

Y si les gusta escribir escriban, es una necesidad después de todo. No se escribe para un aforo, pero siempre va dirigido a ellos, a ustedes. Porque cuando se escribe uno se sale de sí y se pone donde los otros. 

Y lo único que queda es lo que siempre hubo, no hay verdades, ni verdaderas ni falsas. Es como el chiste del cínico, el existencialista y del absurdo, que no tiene final ni inicio, y que tampoco es chistoso. 

Y los finales no son buenos ni malos, y muchas veces tampoco terminan de decir nada, porque nunca se podrá decir todo lo que hay por decirse, porque siempre hay algo más por decir, así se crea que se hablo de todo lo hablable. 

Mamá Quiquita lo sabía, pero ella fue quien decidió dejar de hablar porque si bien todavía podía decir más cosas, sabía ella (y solo ella), que las palabras tienen el valor que se le quiera atribuir (así funcionan los valores) y que nadie más que ella se lo podía dar a sus palabras.