lunes, 27 de junio de 2022

De las condenas, los pretextos y Rubén Blades

 

Hace mucho tiempo me rendí en ese intento de ser el mejor en todo, el más aventajado. También se que no soy la mejor persona, también lo intenté pero simplemente no fui capaz.

Escribo esto después de mucho tiempo, reconozco que me entregue al “no-ser”. Me negué la posibilidad de estar. Simplemente no quería ser nada, solo quería pasar como lo hace el tiempo, sin importar nada de su alrededor. Bebí y consumí como en ninguna otra época de mi vida. No me molestaría pasar la vida así, sin embargo me niego a vivirla de esa manera.

No había vuelto a leer, me sentía incapaz. No podía concentrarme más de dos horas en una sola cosa. No podía pasar mas de diez horas encerrado en mi cuarto, prefería salir a sentarme en un banco bajo la lluvia que seguir sofocándome en mi habitación con tantos ojos sobre mí, me juzgaba Padura porque no terminaba su lectura, me juzgaba Ungaro porque nunca terminé su frase en mi pared – “Vive tu vida” y nada más, perdí el norte de lo que era eso –, me juzgaba la mirada de Camilo, condenado a ser mi tocayo, a ver como no hacía nada, como mi amor nunca supo ser eficaz y más bien solo pasajero (tampoco conductor).

Me juzga la mirada del comandante Jacobo Arenas, que hace más de un año está relegado en una esquina de mi cuarto, sabiendo que a pesar de ser bienvenido, no es acá donde le corresponde estar. Me juzga ese libro de Storni que compré para regalar, pero que nunca regalé, ese poster de Spiderman que me dice que debo crecer y ser serio.

Me juzga esa foto de mi yo de 16 años graduándose del colegio, más flaco (más bien flaco) y sonriente. Ese que no estaba desencantado de lo que iba a terminar estudiando, ese que creía que todo lo que se proponía lo iba a lograr. Me juzga mi yo de 19 años, mis tres yo de 19 años, cada uno de ellos vomitando, con ese impulso adolescente de dejar la ultima gota de vida en cada acción. Con ese yo no guardo tantas diferencias, quizás la mística de la lectura, pues mi yo de 19 años se creía el personaje principal de cada libro que leía.

No todo es tan malo, a pesar de que leer fue para mí difícil en estos últimos días, escribir no lo fue tanto. Al menos no en el papel. Me he dedicado a la escritura de poemas, poemas que evidentemente carecen de valor literario y no son otra cosa que un ejercicio lingüístico, que acaso tenga algún valor. He escrito decenas de haikus, tratando de pulir la técnica, que el conteo de silabas se haga automáticamente en mi cabeza y que se acople temáticamente. He escrito muchos versos alejandrinos, no es difícil para mi extenderme sin necesidad, entonces es mi predilecto. He intentado cortarlos por la mitad, hacer versos de siete silabas, heptasílabos – o alejandrinillos como prefiero llamarlos, porque a pesar de todo sigo siendo un comediante–, que no es más sencillo pero si es interesante variar el ejercicio.

Ahora contaré un secreto, una anécdota y un dato curioso. Alimentar bien al lector porque es de él de quien dependo.

Lo primero será el secreto, pues es el chisme lo que mueve al mundo (no, no es el amor). En estos meses he intentado en vano enamorarme, buscar a alguien a quien poder querer. Ahora caigo en cuenta del error que cometí, pues a pesar de que la vida solo adquiere sentido a través del amor (y del amar), buscarlo bajo cualquier pretexto conduce al desastre. Desastre para mí y para las otras personas, y desastre cuando no funciona, y cuando no lo dejamos funcionar. Bien lo hacía Cortázar al comparar al amor con un rayo que nos destroza todos los huesos y nos deja inmóviles.

Después de tan insulta reflexión, les dejo un chisme para ustedes que creen que soy un galante, que a punta de verbo y gracia logra conquistar a quien se lo proponga (y gracias a dios ustedes solitos se dieron cuenta). Si me han rechazado, más allá de lo evidente que son mis relaciones no exitosas, están las personas que simplemente no quieren saber nada de mí, abrazar el rechazo es parte del querer, al menos quererse a uno mismo, entender eso y no ser inoportuno, eso he aprendido.

Ahora vamos con la anécdota, la haré corta porque a este punto de lo escrito quedarán dos personas leyendo, y si acaso son las personas de siempre, ya les habré contado esta anécdota o habrán estado conmigo cuando sucedió. Al acercarse el final de una noche de viernes, departiendo unos ricos chorros con unos amigos y amigas al lado de una gasolinera mientras escuchábamos música, se acercó a nosotros un señor entrado en sus 40 años, que iba en compañía de su pareja, y nos pidió que le dejáramos poner una canción. El señor pidió “Ojalá” de Silvio Rodríguez y quedó atónito cuando vio que todos conocíamos la canción, supongo que dentro de su cabeza fue un suceso. Seguimos hablando y el señor confiesa que es cubano, admite que es de Guantánamo y al escuchar la pregunta inocente: “¿No es allá dónde está la base gringa?” le vuelven a brillar los ojos y se sorprende porque nosotros sepamos esa información.

El señor nos sigue hablando un rato, la gente que nos acompañaba empieza a irse una a una, como en la canción de Sabina nos dieron las doce y la una, y las dos y las tres, y así hasta las seis. El señor nos gastó unas cuantas cervezas (¿acaso unas doce?) y antes de irse me pidió que por favor sacara mi libreta y un lápiz. Ya con eso afuera, me pidió que le firmara una hoja y se la regalara, que él pensaba que en unos años esa firma iba a costar algo. No estoy seguro de que eso vaya a suceder, pero es una costumbre que quiero empezar a adoptar. ¿Quién quita que algún día de con la firma de una persona pre-famosa?

Ahora vamos con el dato curioso, que este quizás lo recuerden solo Laura y Juan, si es que lo hacen. En la canción de Rubén Blades “Pedro Navaja” (excelente tema, por cierto), se esconden infinidad de referencias que demuestran la excelencia del panameño al componer. Lo primero, la canción está basada en otra canción clásica del Nueva York del siglo XX “Mack the Knife”, que tiene una interpretación de don Louis Armstrong. Sin embargo esto no es lo más llamativo, pues esta canción está basada en una obra de teatro de Bertolt Brecht llamada “La ópera de los tres centavos”. Dato curioso, esa misma opera inspiro el álbum de Chico Buarque “Ópera do Malandro”.



La otra parte del dato curioso es que ya acercándose al ocaso de la canción (ingeniosa forma de referirme al final de esta), Rubén dice: “Como en una novela de Kafka, el borracho dobló por el callejón”, y si bien tiene impreso el estilo propio del autor checo, no hay registro de una sola novela donde se narre una escena como la que describe el salsero, que no le quita merito a lo escrito, pero sí amerita un poco de dato curioso.



Finalizo haciendo otra confesión, está vez más corta, y que tampoco es mucho de confesión. Si tuviera una hija me gustaría que se llamara Carolina (siempre me ha parecido un nombre muy lindo) o Aura (después de leer a Carlos Fuentes no he vuelto a ser el mismo, para mejor creo yo). Si tuviera un hijo me gustaría que se llamara Ulises (el mejor héroe griego a mi parecer) o David (el cual también me ha parecido un nombre muy lindo).