Hace mucho tiempo me rendí en ese intento de ser el mejor
en todo, el más aventajado. También se que no soy la mejor persona, también
lo intenté pero simplemente no fui capaz.
Escribo esto después de mucho tiempo, reconozco que me entregue
al “no-ser”. Me negué la posibilidad de estar. Simplemente no quería ser nada,
solo quería pasar como lo hace el tiempo, sin importar nada de su alrededor.
Bebí y consumí como en ninguna otra época de mi vida. No me molestaría pasar la
vida así, sin embargo me niego a vivirla de esa manera.
No había vuelto a leer, me sentía incapaz. No podía
concentrarme más de dos horas en una sola cosa. No podía pasar mas de diez
horas encerrado en mi cuarto, prefería salir a sentarme en un banco bajo la lluvia
que seguir sofocándome en mi habitación con tantos ojos sobre mí, me juzgaba
Padura porque no terminaba su lectura, me juzgaba Ungaro porque nunca terminé
su frase en mi pared – “Vive tu vida” y nada más, perdí el norte de lo que era
eso –, me juzgaba la mirada de Camilo, condenado a ser mi tocayo, a ver como no
hacía nada, como mi amor nunca supo ser eficaz y más bien solo pasajero
(tampoco conductor).
Me juzga la mirada del comandante Jacobo Arenas, que hace
más de un año está relegado en una esquina de mi cuarto, sabiendo que a pesar
de ser bienvenido, no es acá donde le corresponde estar. Me juzga ese libro de
Storni que compré para regalar, pero que nunca regalé, ese poster de Spiderman
que me dice que debo crecer y ser serio.
Me juzga esa foto de mi yo de 16 años graduándose del
colegio, más flaco (más bien flaco) y sonriente. Ese que no estaba desencantado
de lo que iba a terminar estudiando, ese que creía que todo lo que se proponía
lo iba a lograr. Me juzga mi yo de 19 años, mis tres yo de 19 años, cada uno de
ellos vomitando, con ese impulso adolescente de dejar la ultima gota de vida en
cada acción. Con ese yo no guardo tantas diferencias, quizás la mística de la
lectura, pues mi yo de 19 años se creía el personaje principal de cada libro
que leía.
No todo es tan malo, a pesar de que leer fue para mí difícil
en estos últimos días, escribir no lo fue tanto. Al menos no en el papel. Me he
dedicado a la escritura de poemas, poemas que evidentemente carecen de valor
literario y no son otra cosa que un ejercicio lingüístico, que acaso tenga algún
valor. He escrito decenas de haikus, tratando de pulir la técnica, que el conteo
de silabas se haga automáticamente en mi cabeza y que se acople temáticamente.
He escrito muchos versos alejandrinos, no es difícil para mi extenderme sin
necesidad, entonces es mi predilecto. He intentado cortarlos por la mitad,
hacer versos de siete silabas, heptasílabos – o alejandrinillos como prefiero
llamarlos, porque a pesar de todo sigo siendo un comediante–, que no es más sencillo pero si es interesante variar el ejercicio.
Ahora contaré un secreto, una anécdota y un dato curioso.
Alimentar bien al lector porque es de él de quien dependo.
Lo primero será el secreto, pues es el chisme lo que mueve
al mundo (no, no es el amor). En estos meses he intentado en vano enamorarme, buscar
a alguien a quien poder querer. Ahora caigo en cuenta del error que cometí,
pues a pesar de que la vida solo adquiere sentido a través del amor (y del amar),
buscarlo bajo cualquier pretexto conduce al desastre. Desastre para mí y para
las otras personas, y desastre cuando no funciona, y cuando no lo dejamos funcionar.
Bien lo hacía Cortázar al comparar al amor con un rayo que nos destroza todos
los huesos y nos deja inmóviles.
Después de tan insulta reflexión, les dejo un chisme para
ustedes que creen que soy un galante, que a punta de verbo y gracia logra
conquistar a quien se lo proponga (y gracias a dios ustedes solitos se dieron
cuenta). Si me han rechazado, más allá de lo evidente que son mis relaciones no
exitosas, están las personas que simplemente no quieren saber nada de mí,
abrazar el rechazo es parte del querer, al menos quererse a uno mismo, entender
eso y no ser inoportuno, eso he aprendido.
Ahora vamos con la anécdota, la haré corta porque a este punto
de lo escrito quedarán dos personas leyendo, y si acaso son las personas de siempre,
ya les habré contado esta anécdota o habrán estado conmigo cuando sucedió. Al
acercarse el final de una noche de viernes, departiendo unos ricos chorros con
unos amigos y amigas al lado de una gasolinera mientras escuchábamos música, se
acercó a nosotros un señor entrado en sus 40 años, que iba en compañía de su
pareja, y nos pidió que le dejáramos poner una canción. El señor pidió “Ojalá”
de Silvio Rodríguez y quedó atónito cuando vio que todos conocíamos la canción,
supongo que dentro de su cabeza fue un suceso. Seguimos hablando y el señor
confiesa que es cubano, admite que es de Guantánamo y al escuchar la pregunta
inocente: “¿No es allá dónde está la base gringa?” le vuelven a brillar los
ojos y se sorprende porque nosotros sepamos esa información.
El señor nos sigue hablando un rato, la gente que nos
acompañaba empieza a irse una a una, como en la canción de Sabina nos dieron
las doce y la una, y las dos y las tres, y así hasta las seis. El señor nos
gastó unas cuantas cervezas (¿acaso unas doce?) y antes de irse me pidió que
por favor sacara mi libreta y un lápiz. Ya con eso afuera, me pidió que le
firmara una hoja y se la regalara, que él pensaba que en unos años esa firma
iba a costar algo. No estoy seguro de que eso vaya a suceder, pero es una
costumbre que quiero empezar a adoptar. ¿Quién quita que algún día de con la
firma de una persona pre-famosa?
Ahora vamos con el dato curioso, que este quizás lo recuerden
solo Laura y Juan, si es que lo hacen. En la canción de Rubén Blades “Pedro
Navaja” (excelente tema, por cierto), se esconden infinidad de referencias que demuestran
la excelencia del panameño al componer. Lo primero, la canción está basada en
otra canción clásica del Nueva York del siglo XX “Mack the Knife”, que tiene
una interpretación de don Louis Armstrong. Sin embargo esto no es lo más
llamativo, pues esta canción está basada en una obra de teatro de Bertolt
Brecht llamada “La ópera de los tres centavos”. Dato curioso, esa misma opera
inspiro el álbum de Chico Buarque “Ópera do Malandro”.
La otra parte del dato curioso es que ya acercándose al ocaso
de la canción (ingeniosa forma de referirme al final de esta), Rubén dice: “Como
en una novela de Kafka, el borracho dobló por el callejón”, y si bien tiene
impreso el estilo propio del autor checo, no hay registro de una sola novela
donde se narre una escena como la que describe el salsero, que no le quita
merito a lo escrito, pero sí amerita un poco de dato curioso.
Finalizo haciendo otra confesión, está vez más corta, y que
tampoco es mucho de confesión. Si tuviera una hija me gustaría que se llamara Carolina
(siempre me ha parecido un nombre muy lindo) o Aura (después de leer a Carlos
Fuentes no he vuelto a ser el mismo, para mejor creo yo). Si tuviera un hijo me
gustaría que se llamara Ulises (el mejor héroe griego a mi parecer) o David (el
cual también me ha parecido un nombre muy lindo).