"Así es la puta vida en este mundo cabrón, aparece algún majara y todo se acabó"
- Evaristo Paramos
La meritocracia, la creencia de que las cosas se las gana uno es quizá lo único que permite mantener este sistema tan endeble en pie. La persona siempre quiere sentir que tiene el control de lo que pasa, que si se esfuerza todo saldrá a pedir de boca. Gran mentira, todos nos la creemos, incluso si vamos un poco mas allá podríamos hablar de la justicia y de lo que implica decir que algo es injusto, que no debería ser así, bla bla bla, nadie dijo que la vida fuera justa tampoco.
Te doy todo lo que quieras, te doy mi atención, te doy mis celos, te doy mis putazos mas profundos que no le suelto a nadie, te doy un poco de lagrimas de ojos, un poco del esmalte de mis dientes (acabados de tanto apretarlos), te doy visitas en Instagram, en Facebook, en Youtube, en Spotify, te doy horas de sueño desaprovechadas en estas lineas, te doy una atención que no es justa ni que te mereces, de la que no sabes nada, de la que probablemente te rías, pero te la regalo, te doy un pedazo de mi, mi parte mas deleznable, te doy mi envidia kotxina.
La parte más oscura de uno lo rebaja a las cloacas, lo deja allí solo y sin ningún ser humano que lo pueda contactar, ya no se trata de ser un hombre suburbano, sin futuro; ahora se trata de ser un hombre del subsuelo, una criatura, que vive nada más para asomarse y envidiar a los que viven por encima suyo, que sobrevive a punta de convencerse que la vida no es justa. Que él, que vive bajo debajo de su enemigo, es mejor, simplemente es que no quiere hacer parte del sistema. Sí, esa es la respuesta correcta, a la mierda Ockham y su navaja, lo más simple en este caso no es posible... no, no puede ser posible. Mejor seguir odiando y destilando sollozos involuntarios antes que admitir mi perdida. ¿Aún no pierdo? Puede ser, pero perdí desde el momento en que entre en el subsuelo y empecé a habitar las alcantarillas, en el momento en el que le tuve miedo a salir a la calle, en el momento en el que me da un pavor inimaginable cruzarmelo.
¿La victoria? Apenas obvia, algún día dejar ese temor, poder salir a la calle y confrontarlo. Chocar contra su hombro y no pedirle perdón. Solo de esa forma él sabrá (o a lo mejor ni sepa quien soy) que no le tengo miedo, que estoy ahí, que el subsuelo puede salir y darle la cara al mundo superior, negarle la comodidad, al menos en ese momento, y poder sentirme su igual, al menos en el instante previo a que me arrepienta, me gire, le pida perdón, y siga él con su vida (incluso más triunfal ahora) y sigo yo con la mía (menos hombre, menos humano, más memorias y pensamientos contradictorios).
1:00 a.m 30 de noviembre del 2020. No está mal estar cuando no hay nada más.